Cena de matrimonios
Cuatro matrimonios han quedado para cenar en un restaurante, pero cada persona llega por separado.
¿Cuántas personas tendrán que haber llegado al restaurante, como mínimo, para que con certeza haya al menos un matrimonio?
SoluciónPara que haya con certeza un matrimonio, tienen que haber por lo menos cinco personas. Si solo fueran cuatro podrian ser todo hombres o todo mujeres.
Nuevos compañeros
En la apertura de una empresa, tres de los futuros colegas de trabajo, el señor Bajo, la señora Grande y el señor Delgado se dieron cuenta de que las tres características que correspondían a sus apellidos también podían ser aplicadas al físico de cada uno de ellos.
- De todas formas, ninguno tiene la característica que cabría esperar de su apellido - señaló enseguida el más espigado de los compañeros, el señor Bajo.
¿Qué características físicas poseen los tres colegas?
Solución De la afirmación aplicable a los tres colegas según la cual ninguna de sus características físicas coincide con el apellido correspondiente, puede deducirse que:
- El Sr Bajo sólo puede ser grande o delgado.
- La Sra Grande solo puede ser baja o delgada.
- El Sr Delgado sólo puede ser bajo o grande.
- El Sr. Bajo es grande.
- La Sra. Grande es delgada.
- El Sr. Delgado es bajo.
Las tres corbatas
El Sr Blanco, el señor Rojo y el Sr Pardo se encuentran por la calle.
- Qué curioso - dice el que lleva la corbata roja -, los colores de nuestras corbatas se corresponden con nuestros apellidos, pero ninguno lleva el color del propio.
- Tiene uste razón - comenta Blanco
¿De qué color es la corbata de cada uno?
Solución La corbata roja sólo la pueden llevar Blanco o Pardo. Pero el primero que habla no es Blanco (pues éste le contesta); luego es Pardo. Si Pardo lleva la corbata roja, Blanco tiene que llevar la parda y Rojo la banca.
No hay cambio
Un hombre intenta infructuosamente sacar tabaco de una máquina de un bar con una moneda, al parecer defectuosa, de dos euros. Se dirige al camarero y le pregunta:
- - ¿Podría cambiarme esta moneda por otra de dos?
- - Lo siento, no tengo ninguna
- - Entonces, por favor, déme suelto
- - Lo siento, no puedo
El hombre busca en su bolsillo y le dice al camarero:
- - Entonces, por favor, cámbieme esta moneda de 1 euro para telefonear.
- - Lo siento, tampoco puedo cambiársela. Y tampoco podría cambiarle una de 50 céntimos, ni una de 20, ni siquiera una de 10.
- - Es posible que no tenga usted ninguna moneda?
- - No he dicho tal cosa - replica el camarero -. De hecho, tengo 2,35 euros en monedas.
¿Qué monedas tiene el camarero?
Solución No puede tener más de una moneda de 1 euro (pues entonces tendría cambio de 2 euros), ni más de una de 50 céntimos, ni más de una de 10, ni más de una de 5 céntimos, pero 20 céntimos puede tener hasta cuatro (si no tiene ninguna de diez). PPor lo tanto, la única forma de tener 2,35 euros es con una moneda de 1 euro, una de 50 céntimos, cuatro de 20 y una de 5 céntimos.
leyendas
La Leyenda del Charro Negro

Una de las leyendas más extendidas de México, y también de las que más variantes poseen, tienen como denominador común la figura fantasmal de un hombre alto, delgado y vestido de charro negro, montado sobre un caballo también negro. Sea cual sea la variante de la historia que escuchemos, lo más probable es que tenga que ver con una bolsa de monedas, por lo que quizá se trate de una advertencia contra la avaricia, donde el desgraciado que acepta las monedas, queda irremisiblemente condenado.
Esta leyenda se extiende a varios estados de la República de México; Veracruz, Hidalgo, Puebla o Tlaxcala son sólo algunos ejemplos, presentando diferencias en la narración, pero siempre con el mismo nexo común de advertencia.
Una de las variantes de la leyenda nos cuenta que, si el charro negro se nos aparece y ofrece una bolsa con monedas, no debemos aceptarla, ya que pasaríamos a tomar su lugar, condenados a vagar hasta que otro pobre desgraciado acepte nuestras monedas (aunque también hay versiones en que el castigo es nada menos que la muerte).
También nos encontramos con el charro negro como cobrador de deudas, concretamente en Pachuca, donde esta figura fantasmal se aparecía para cobrar un hijo como pago, a cambio de la ayuda sobrenatural para salir de la miseria. Se cuenta que, quienes aceptaban este trato, estaban obligados a criar una enorme serpiente capaz de hablarnos en sueños, y que exigía a sus beneficiarios dicho pago de hijos.
Una variante más moderna del charro negro la encontramos en las leyendas urbanas de Puebla, donde algunos taxistas afirman que un misterioso viajero se sube a sus coches, para desaparecer en mitad del trayecto sin siquiera abrir la puerta, en medio de una terrible carcajada. Aunque en esta versión, no hay oferta ni trato, simplemente un susto considerable.
Sea como fuere, las diferentes versiones de la leyenda del charro negro convergen en la idea del castigo por la avaricia o la codicia, haciéndonos (de una u otra forma) la eterna pregunta de ¿qué estarías dispuesto a sacrificar por dinero?
La viuda del Tamarindo
El árbol permanece solitario. Sin registro ni nada que anuncie que esa especie es el centro de una tradicional creencia en Posorja, en Guayas. Es el árbol del tamarindo que según los abuelos de la zona fue el centro de encuentro de una bella mujer que encantaba a sus víctimas y al llegar a ese punto mostraba su verdadera figura: una calavera envuelta en ropa femenina.
Los residentes o personas que llegan de visitan recuerdan esta tradición oral como verídica. Pues en la zona muchos taxistas contaron que fueron testigos del hecho, generalmente la víctimas de la viuda del tamarindo eran borrachos que frecuentaban las cantinas de la zona, u hombres que se dirigían solos a sus viviendas.
La leyenda de la casa de los espejos en Cádiz

Una leyenda que a pesar de estar ubicada en Cádiz, bien podría haber sucedido en cualquier otro lugar del mundo. No obstante, según cuentan, la verdadera ubicación de la “casa de los espejos” es precisamente la zona costera de esta ciudad, en la Alameda Apocada, junto al monumento del Marqués de Comillas.
En este lugar existe un caserón, que a pesar de las posteriores reformas y rehabilitación como viviendas de lujo, pasó mucho tiempo abandonado. Este edificio, aunque bello por fuera, escondía y esconde una historia trágica que baña sus paredes (y cristales) de sangre.
Según la leyenda, en esta casa vivía hace mucho tiempo un reconocido almirante y su esposa junto a su hija pequeña. El almirante sentía auténtica devoción por su hija, a la que mimaba y consentía con todos los caprichos que esta le demandaba.
A cada uno de sus regresos, el almirante sorprendía a la pequeña con un espejo de cada uno de los lugares en los que había estado. Esos espejos fueron llenando durante años la casa de la familia. Aumentando cada vez más su número, al mismo tiempo que la belleza de la joven que poco a poco iba floreciendo.
Orgulloso de su ya adolescente hija, el almirante no dudaba en presumir de su belleza delante de todos sus amigos, algo que parece ser a la madre de la misma no gustaba demasiado. Y es que esta mujer había comenzado a sentir el implacable peso de los celos. Una angustia vital que aumentaba con el paso de los años relegándola a un segundo plano mientras su hija seguía ganándose el corazón de su esposo.
A raíz de esa envidia la madre y la hija comenzaron a tener discusiones casi diarias. La casa, durante las ausencias del padre, se convertía en un auténtico campo de batalla en la que ambas se lanzaban gritos y reproches sin parar. La situación se había vuelto completamente insostenible, y los celos de la esposa del almirante llegaron a un punto límite, decidió envenenar a su hija.
Al regreso del padre, la versión oficial fue que la niña había muerto de una rara enfermedad. Algo que al parecer creyó. Lo cierto es que la mujer la había estado envenenando poco a poco en cada una de las comidas, algo que le causó una muerte lenta y angustiosa.
El dolor del pobre hombre no tenía fin, lloraba por las esquinas, por las habitaciones de su hija. Miraba día tras días los espejos que él mismo había regalado a su pequeña. Espejos que un día reflejaron su belleza y que ahora sólo mostraban un rostro lleno de angustia y desesperación.
Uno de esos días en los que el almirante estaba sollozando en el cuarto de su hija uno de los espejos comenzó a reflejar algo extraño. Al fijarse bien se dio cuenta de que su hija estaba dentro, o más bien la imagen fantasmagórica de esta, y parecía querer darle un mensaje. La niña contó a su padre lo que había pasado, quien había sido realmente su verdugo. Y el padre entró en cólera ante la noticia.
La leyenda cuenta que el almirante obligó a su esposa a confesar el crimen que había cometido. Algo que hizo que la mujer terminara el resto de sus días entre rejas. No obstante, el dolor del padre no pareció conocer fin, así que cansado de los viejos recuerdos del caserón decidió partir a un lugar lejano para poder olvidar.
Durante el tiempo que la casa permaneció vacía, los testimonios de jóvenes que habían entrado merodeando y habían visto la imagen de la niña reflejada en espejos son cientos. Historias contadas supuestamente en primera persona, que narraban como la muchacha aparecía con un semblante lleno de ira y como los chicos salían automáticamente corriendo de la casa, ninguno de ellos se atrevía a entrar por segunda vez.
A pesar de que en la actualidad el lugar ha cambiado de dueños y ha sido aprovechado para construir casas de lujo, lo cierto es que muchos aseguran que el espíritu de la niña sigue encerrado en el edificio. Algo que seguramente nunca sabremos a ciencia cierta si no experimentamos una noche dentro de este, eso sí, quizá sin los cientos de espejos que antiguamente cubrían sus paredes no sea ni la mitad de tétrico… ¿o sí?
La leyenda de las procesiones fantasmas

Según cuenta una leyenda de Colombia, en las cunetas de los caminos y senderos o en las proximidades de bosques y arroyos, se puede contemplar en ocasiones una procesión espectral compuesta de cuatro almas en pena que llevan lo que se conoce como guando, especie de camilla mortuoria, sobre sus hombros. Aquellas personas que contemplen esta visión quedarán sobrecogidos por los monótonos y casi inteligibles rezos que estos costaleros entonan mientras caminan, causando una profunda pena en todo aquel que les vea.
El origen de esta leyenda se remonta a muchos años en el pasado y a un pueblo sin concretar en el que vivía un hombre extremadamente egoísta y malhumorado, ajeno al sufrimiento e infortunios de los demás. En las ocasiones en que un vecino del pueblo fallecía, este hombre de mal carácter se negaba en redondo a ayudar en el transporte del fallecido. Tal era su desinterés por esta tradición, que espetó a sus vecinos que el día en que falleciese no quería que nadie cargase su cuerpo, y que lo mejor sería que dejasen su cuerpo en una cuneta o lo lanzasen al río.
Y finalmente sucedió lo inevitable, y este arisco hombre falleció en soledad, pero sus vecinos poseían mucha más compasión que el difunto y acordaron hacerse cargo de su entierro. Tras construir un guando para él, trataron de levantar y colocar encima el cuerpo, pero tan pesado era el fallecido que los encargados de llevar el cuerpo debieron relevarse cada pocos metros para no desfallecer. Cuando andaban cerca del río el cuerpo pareció aumentar su peso de manera considerable, provocando que las tablillas de maderas del guando se partiesen y el difunto fuese a parar al agua junto con su camilla, donde desapareció de la vista de todos para no volver jamás, pese a los esfuerzos por recuperar el cuerpo.
Desde entonces y sólo en las vísperas de algún fallecimiento se puede contemplar el guando y a sus portadores, rezando incansablemente por el descanso de los que aun están por morir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario